Dos siglos de prensa escrita – Fragilidad y poder del periodismo

Dos siglos de historia del periodismo de Buenos Aires condensados en un ambicioso y original recorrido. El camino que propone el profesor e investigador Fernando Ruiz en Cazadores de noticias. Doscientos años en la vida cotidiana de los periodistas. 1818-2018, publicado recientemente por Ariel, parte de los primeros años de la Independencia, se detiene en 1871, 1919, 1943 y 1989 y llega hasta este 2018 que ya languidece. El libro, una “etnoficción histórica”, según el autor, construye un narrador imaginario para cada época, que le permite contar las rutinas laborales, el contexto socioeconómico, las innovaciones y los obstáculos que atravesó la prensa en la capital del país. En diálogo con Ñ en la sede porteña de la Universidad Austral, donde dicta clases, Ruiz desplegó sus ideas sobre los cambios en los medios informativos y el impacto de ellos en los hombres y mujeres que componen esa particular industria cultural.

–Una experiencia poco conocida aparece en el capítulo dedicado a 1818: la creación de El Censor, un diario al que el Cabildo hizo nacer con la misión de que fuera crítico del gobierno. Hoy sería impensado algo equivalente…

–Es que en la visión de la época no podía haber república si el único periódico era oficial. Por lo tanto, había que crear un medio independiente, que tenía que ser crítico del gobierno, para generar esa dinámica que necesitaba la república. Por supuesto, en la práctica pasó otra cosa y El Censor tenía una visión crítica en las pequeñas cosas pero estaba muy de acuerdo con el gobierno de aquel entonces.

–En las distintas etapas del libro se menciona la fragilidad laboral del campo periodístico. ¿En qué período histórico se dieron las mejores condiciones laborales?

–Siempre ha habido una isla de mejor situación laboral, rodeada de un océano de marginalidad periodística; no hay una época en donde no encuentres ese doble estándar, en el que un puñado muy pequeño de medios puede cumplir con un nivel laboral promedio o superior y el resto está en una precarización absoluta. Incluso cuando se sanciona el Estatuto del Periodista, se sabe que solo lo van a cumplir La Prensa y un par de diarios más, mientras que el resto de los profesionales va estar en la marginalidad, marginalidad que se compensará con multiempleo.

–Roberto Arlt y Jacobo Timerman eran de extracción humilde y se consagraron como periodistas. ¿Existió alguna época en donde los sectores populares tuvieran mayor presencia en las redacciones?

–Muy buena pregunta. En la Argentina de la movilidad social que ubico entre los 20 y los 40, sí hubo más casos. En la década del 20, el 40 por ciento de los periodistas eran inmigrantes, y la inmigración tenía una extracción popular. Muchos inmigrantes en la educación pública encontraron elementos para desarrollarse como periodistas. Cuando la movilidad social comenzó a bloquearse, el periodismo quedó como una profesión clasemediera.

–Dice el narrador en el capítulo dedicado a 1989 que “en la Argentina la democracia nada le debe a sus principales diarios”. ¿Qué balance hace sobre el rol de los grandes medios bajo la dictadura?

–La construcción de la dictadura que empezó en marzo del 1976 fue una construcción colectiva, en la que los medios fueron incapaces de sostener la institucionalidad democrática. La gran prensa no hizo ninguna crítica a la violencia clandestina, que era clandestina pero que cualquier persona medianamente informada conocía o intuía, sin tener la dimensión exacta de todo. El proceso de hiperviolencia previo al golpe, de hiperinflación y de hiperdesgobierno, llevó a unos niveles de hartazgo a gran parte de la población, que fue a buscar al actor militar. Y la prensa acompañó ese proceso. Recién hacia 1979, 1980, empiezan los problemas serios económicos y movilizaciones obreras y empieza a revelarse de a poco la cuestión de los desaparecidos, y la prensa encuentra otros espacios, pero hasta ese momento reforzó el ciclo. Y la prensa en realidad tiene que ser anticíclica; cuando la sociedad ingresa en esa lógica autodestructiva, la prensa tiene que correrse para poder ver otras alternativas

–En la etapa dedicada a 1989, se remarca el caso del ataque al cuartel de La Tablada, y el rol particular de Página 12 ante ese hecho, ya que había sido financiado originalmente por el Movimiento Todos por la Patria (MTP), el grupo que realizó el copamiento. Y, al mismo tiempo, señala que los grandes medios no investigaron las torturas y desapariciones que se produjeron durante la recuperación del cuartel. ¿Cómo se ubica ese acontecimiento dentro del campo periodístico?

–Fue un hecho muy conmocionante. No sé si hubo muchos otros casos en los que un medio que había sido financiado por un grupo que hizo semejante acto de agresión lo haya repudiado así. Pocos medios repudiaron al ataque a La Tablada con tanta firmeza como Página, y eso desde el primer momento. El resto de los medios jugó fuerte por la institucionalidad pero no investigaron el hecho ni tampoco las condiciones represivas que sucedieron en La Tablada.

–El último capítulo, que llega a la actualidad, es asumido por una narradora que trabaja como editora de un sitio web, y es un reflejo de la creciente presencia femenina en el periodismo…

–Claramente se da un avance, pero incluso parece ser más lento que en otros sectores, quizá por el ritmo de vida que tenía el trabajo de periodista; recién a finales de los 80 se encuentran muchas firmas de mujeres en la Argentina, cuando en Estados Unidos a fines del siglo XIX varias exponentes del periodismo de investigación eran mujeres. La Argentina fue muy lenta, en ese sentido. Sin embargo, es un proceso inexorable y, si bien no hay paridad en los niveles directivos, es solo cuestión de tiempo para que suceda, esa es la tendencia.

–En el libro se expone cómo, ante cada nuevo tipo de medio, la prensa gráfica reacciona con una combinación de temor y desprecio. ¿A qué obedece esa actitud?

–Ese es el patrón cuando llega el nuevo medio; este se instala pero sin los periodistas más importantes, que están en los medios tradicionales. Así, los medios nuevos tienen impacto pero menor prestigio.

–Circula en algunos ambientes la idea de que el periodista debe ser multitasking, capaz de saber tanto de edición de video y audio como de redactar bien una nota, conseguir fuentes y tener un nivel respetable de conocimiento de la actualidad. ¿Es posible que alguien pueda cumplir todas esas cosas?

–En el comienzo del ecosistema digital, se pensó en un periodista que pudiera manejar todos los lenguajes y plataformas. Claramente un periodista tiene que enriquecer sus competencias y habilidades, pero eso no implica que tenga que tener todas las competencias del ecosistema digital; eso no existe y no solo no existe sino que es muy malo. Si hay multitasking no hay foco, y si no hay foco no hay calidad. Una de las virtudes del ecosistema digital es que facilita el trabajo en equipo, entonces lo multitasking debe ser el equipo, no cada periodista por sí solo.

–El libro tiene como última parada del recorrido 2018; ¿qué diría un narrador que continuara esta historia en 2038?

–Encontraría un periodismo que no es más el que da la visibilidad a políticos, celebrities o empresas, sino que incide en la reputación de ellos. Hasta ahora el periodismo fabricaba la fama, una expresión que es de principios del siglo XX; hoy por hoy, hay muchas autopistas alternativas a la fama, pero el rol de los medios será el de la incidencia en la reputación.

 

Fuente:Clarin