Los retos tecnológicos para el periodismo del futuro

Como declaró el senador estadounidense Patrick Moynihan durante un debate: “Usted tiene derecho a su propia opinión, no a sus propios hechos”. En tiempos de post-verdad y fake news, esta reflexión del popular político norteamericano, fallecido en 2003, ha cobrado más vigencia que nunca: bots, trolls y embusteros a tiempo completo se valen de la tecnología digital para difundir mentiras sin fronteras, con la complicidad —algunas veces, consciente; otras, involuntaria— de los medios de comunicación. Por esta razón, la precisión informativa se valora tanto y servicios como Bellingcat, la red de periodismo de investigación, se ha convertido en un punto de referencia desde su creación en 2014.

Lo tecnológico puede emplearse para mejorar las producciones de los medios y para explicar las consecuencias de su propia extensión. Sin embargo, en una investigación del Instituto Reuters para el estudio del periodismo (Gran Bretaña) se asegura que la cobertura que hacen los medios sobre las novedades en inteligencia artificial está dominada por los artículos y los anuncios de la industria, en lugar de centrarse en sus efectos y repercusiones. Así, esta y otras tecnologías suelen aparecer en la prensa como la solución para una enorme variedad de problemas. El principal autor de este trabajo, Scott Brennen, echa de menos una mayor profundidad en el debate social.

Una investigación revela que la cobertura de los medios sobre las novedades en inteligencia artificial está dominada por los anuncios de la industria

El periodismo ha podido verse, escucharse y tocarse toscamente durante décadas, pero los aparatos digitales han refinado el sentido del tacto. Los medios de hoy son manipulados interactivamente, no como antes. Esta innovación puede transportar a los usuarios a una dimensión que está por descubrir, con la realidad virtual, aumentada y mixta; la internet de las cosas y los wearables; la inteligencia artificial y el machine learning, el big datay el blockchain, etc. No obstante, a menudo este salto cualitativo no se refleja en el plano cuantitativo, porque no se incrementan las ventas, las audiencias, los ingresos, los beneficios…

Con todo, la transformación puede llevar otras contrapartidas: culturales, morales… Serían réditos que, a pesar de que no se capitalizarían en la cuenta de resultados, no deberían ser despreciados. La idea se expone en condicional porque las limitaciones económicas impiden hacerlo en presente. Las empresas están aprendiendo a aprovechar la inclinación de millones de ciudadanos a promover, distribuir y publicitar a gran escala contenidos ajenos. Los avances tecnológicos que están a disposición de los medios y de su público acortan la distancia entre el deseo y su materialización. Pero, sin el presupuesto mínimo, las noticias no podrán ser al 100% de la gente de la calle.

Si las compañías del sector no encuentran financiación, los individuos no podrán entrar, tocar y vivir esta información. Y esto es extremadamente decepcionante porque la tecnología ya permite hacerlo. Las plataformas y los soportes periodísticos y sus respectivos profesionales edifican su personalidad mediante sus discursos —intencionados— y también sobre sus comportamientos —planificados o espontáneos—, por lo que estas organizaciones no son lo que dicen ser, sino lo que transmiten a partir de sus actuaciones en todas las esferas o ámbitos.

Lectores, oyentes, espectadores e internautas pertenecen a una sociedad (hiper)consumista, como la llama el filósofo francés Gilles Lipovetsky, la que los liga a una lista infinita de necesidades. En el momento en el que un medio entra en este selecto grupo, se hace con la fidelidad del público. La red, los teléfonos y las televisiones inteligentes, las gafas de realidad virtual y de 3D, etc. no son flamantes contenedores para el viejo material de siempre, son las vías de acceso a un todo informativo en el que las barreras físicas se difuminarían si las ideas fuesen acompañadas de dinero.